Día Mundial del Alzheimer

Por Demencia entendemos la pérdida irreversible de las capacidades intelectuales que conduce a un estado de dependencia total para el desarrollo de una vida familiar, laboral y social de calidad. La demencia es una enfermedad de personas “mayores”, pero, no debemos olvidar que existen formas precoces que comienzan a los 50 o 60 años e incluso antes.
La enfermedad de Alzheimer es, entre todas las variedades, la demencia más común. El síntoma cardinal es la pérdida progresiva de memoria; éste déficit limita su capacidad para realizar una vida independiente. La pérdida de memoria se refiere a los acontecimientos inmediatos, del día a día (no recuerda qué hizo esa día o la víspera, olvida recados, pierde cosas, se repite en las preguntas y respuesta…); por el contrario, la memoria a largo plazo permanece conservada (las vivencias de su infancia y juventud acuden con nitidez). En etapas más avanzadas también está memoria termina por desaparecer dejando un vacío en su historia personal.
El Alzheimer se caracteriza por el fallo simultáneo de diferentes áreas cerebrales, así, junto a la pérdida de memoria, se presentarán un trastorno en la capacidad de orientación, fallos en su lenguaje no sabiendo nombrar los objetos cotidianos que le rodean, su “diccionario cerebral” se va borrando al punto de no llegar a entender lo que se le dice. El punto final es un mutismo casi absoluto tan solo interrumpido por monosílabos o frases hechas, “”coletillas”. Desaparece la capacidad para organizarse, no sabe como programar cómo llevar a cabo una tarea elemental (no puede vestirse solo, utilizar los cubiertos, una maquinilla de afeitar, el teléfono…), entre todo esto pierde incluso la noción de enfermedad, de ahí que el paciente nunca reconozca sus fallos ni se considere nunca un enfermo. Pierde asimismo la capacidad para entender lo que percibe, no reconoce lo que ve, lo que oye.
Se producen también cambios en la personalidad, el pensamiento y la conducta (apatía, aislamiento, mutismo, hiperactividad, inquietud); junto a ello la depresión y la ansiedad son también síntomas en la enfermedad, incluso llegando a rasgos psicóticos en algún caso (alucinación, idea delirante generalmente con matices paranoides) pudiendo acompañarse de agresividad y violencia. Los trastornos en el descanso nocturno son también habituales.
Se desconoce la causa de la enfermedad de Alzheimer. Sí podemos hablar de factores de riesgo para padecer el proceso, entre ellos se reconocen:
a) edad
b) predisposición genética, existen rasgos genéticos que otorgan a la persona portadora una predisposición de padecer la enfermedad; tener un pariente en primer grado con la enfermedad puede suponer mayor riesgo de tener la enfermedad en el futuro en comparación con la población general, pero, no se puede considerar el Alzheimer como una enfermedad hereditaria. El gen implicado mejor conocido es el gen de la apolipoproteína E (apoE); otros factores de riesgo genético incluyen tener un familiar con síndrome de Down.
c) sexo femenino
d)Traumatismos craneales previos
e)Nivel de educación bajo (punto muy debatido en los distintos foros)
f)Estilos de vida sedentarios y poco estimulantes
g)Factores de riesgo vascular (hipertensión arterial, diabetes mellitus, hipercolesterolemia, tabaquismo).
El diagnóstico se basará en la entrevista entre el neurólogo, el paciente y aquellos familiares que convivan o puedan aportar información fiable sobre el día a día del enfermo; en esta visita, junto a los datos obtenidos durante la charla, se utilizan diversos test de valoración de funciones mentales superiores y se procede a la exploración física y neurológica. Las pruebas complementarias se realizan con el fin de descartar otras enfermedades susceptibles de ser tratadas, y buscando datos a favor de la sospecha de Alzheimer (atrofia cerebral marcada en el hipocampo). No existe ninguna prueba aislada que permite un diagnóstico de certeza de enfermedad de Alzheimer. Los estudios genéticos no están indicados ni justificados como técnica diagnóstica de rutina, sólo aconsejados en casos muy concretos y de alta sospecha de enfermedad; al carecer de tratamientos preventivos y curativos del proceso los estudios genéticos en familiares de enfermos no aportan más que angustia ante un resultado que tan solo indicaría una predisposición, pero nunca una confirmación de futura enfermedad.
Actualmente no existe ningún tratamiento preventivo de la enfermedad. Se investiga en el campo de las células madre, las vacunas o la terapia génica. A lo largo de los años se han realizado ensayos terapéuticos con muchas sustancias (selegilina, vitamina E, antiinflamatorios no esteroideos, corticoides, estrógenos, fármacos antiamiloide, fármacos anti proteína tau, antagonistas del calcio, gingko biloba…); los resultados no son concluyentes o todavía se encuentran en fase de experimentación. Hoy en día sí se reconoce un efecto enlentecedor de la enfermedad a los fármacos inhibidores de la acetilcolinesterasa y los antagonistas del glutamato, comercializados en nuestro país. En el futuro probablemente el tratamiento se realizará combinando varios fármacos según las características de cada paciente.
El tratamiento farmacológico es sólo una parte del cuidado del enfermo, no deben olvidarse los centros de día, talleres de memoria, terapias ocupacionales, fisioterapia, logopedia y todas aquellas actividades encaminadas a estimular y proporcionar el mayor bienestar posible al paciente, y a sus cuidadores.
Conforme avanza la enfermedad llega una etapa en la cual el paciente requiere atención personal y continuada las 24 horas del día, en ese momento un miembro de la familia debe dedicarse de forma casi exclusiva al enfermo; por eso se dice que el Alzheimer es una enfermedad del núcleo familiar, y de la comunidad. La atención al paciente debe basarse en programas socio-sanitarios que pongan a su servicio todos los medios de los que la comunidad dispone.

Juan J. Días Silva
Neurólogo

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